
Y allí estaba mi paciente, sentada mirándome tímidamente cabizbaja y con pleitesía, como quien aguarda con un ansia desesperada a su respetado y venerado amo del que depende para poder vivir y subsistir.
Era nuestra primera sesión, pero esta persona llevaba mucho tiempo, quizás demasiado tiempo… aguardándola. Nunca en su vida se había armado de tanto valor ni había hecho tan buen acopio de él hasta que, aquella otra mañana más en su hastiada vida, aprovechando que él se marchó a trabajar, no recuerda ni cómo tuvo fuerzas para descolgar el teléfono y solicitarme una cita. Tan sólo fueron unos segundos, pero los suficientes como para fijar la fecha y la hora de nuestra actual sesión y colgar rápidamente antes de que sus demonios volvieran a visitarla y a negarle la poca libertad que le quedaba, o eso era lo que ella creía que no tenía, porque creyente era y mucho, pero de su feroz autocrítica interna que cada día la devoraba más y más y la engullía hasta tal punto de debilitarla tanto que, para cuando él regresaba, cual ave carroñera, devorada los desechos que de ella emanaban con feroz impetuosidad y ferviente deseo.
Cuando le di paso, pude observar cómo arrastraba sus pies cual si una presa condenada a cadena perpetua se tratara y cuya alma a sus pies atara. Podía sentir su entrecortada y agitada respiración cuyo aire condensaba una enrarecida combinación de gran dosis de monóxido de abandono, mezclado con ingentes cantidades de dióxido del que sufre al que añadimos una pizca de benceno, cuyo veneno ingiere diariamente siempre a merced de lo que a él se le antoje verter sobre su persona en función de su ficción, la que se aviene a su mente caprichosamente de forma demente sin ton ni son. Aire ennegrecido y contaminado que inundaba el ambiente de pus y dolor, el cual expulsaba a la sala con dificultad, pero con alivio fugaz para volver a inhalarlo inmediatamente sintiéndose presa de él y ante el que claudicaba por asimilación y convencimiento propio, pues de nada servía ya luchar.
No hicieron falta las palabras para poder mascar la tragedia, sin embargo, se descubrió, para asombro de sí misma, interpretando el papel que siempre había admirado de aquella mujer valiente y empoderada, valor del que siempre adolecía y que ella cada día se repetía y exigía, pero jamás podía, para esbozar y liberar lo que tan presa la llevaba de la mano al corredor de la muerte de visita cada día y que tan bien conocía. Así pues y sin preludio alguno, alzó la voz y se rompió, quebróse en mil pedazos y gritó, gimió, pataleó y se desbordó, como solo los mares bravos y enfurecidos saben hacerlo cuando la presión es tan alta y la acumulación de la misma se hace tan verdaderamente insostenible e insoportable, que ni los diques son capaces de abarcar ni contener tanta agua estancada desesperada, infectada, podrida y envenenada, alentada por el atroz ímpetu de las salvajes olas y exhortada por una ferviente marea embravecida.
Ese sonido gutural y desgarrador que había sido capaz de emitir y esgrimir fue lo último que, de ella… de aquella persona, quedó.
By Wendy
«depresión»
Un lamentable caso de muchos de: sometimiento, abuso de poder, actitudes dominantes y maltrato psicológico.