Tener que despedirte de una persona a la que has querido y sigues queriendo aún tanto es muy doloroso, quizás demasiado para lo que la mente humana está dispuesta a asimilar y porque para el alma… el alma, ésa sí que nunca lo comprenderá. Hay pérdidas que duelen tanto como si esa persona se hubiera marchado para siempre, porque es así, para siempre, para no volver. Y no hay sentimiento más doloroso que el de querer y no deber tener.
Desprenderse de alguien a quien amas con todas tus entrañas es algo para lo que ninguno estamos preparados, nadie te enseña a encajar una pérdida, mucho menos si ésta no es física y no es hasta que la tienes delante y te topas con ella de frente, cuando un dolor agudo engulle tu corazón, se alimenta de tu ser, devorando tu equilibrio e inundándote de un dolor tan insoportable, que te estrangula ahogando un grito ensordecedor, bloqueando tus salidas para poder respirar, asfixiándote, es entonces cuando el fantasma del fracaso, de la pérdida y de la culpabilidad se hacen presente en ti para instalarse y nunca marcharse.
Se me ha ido lo que más quería o peor aún, lo he dejado ir, he soltado su mano para que adoptemos caminos diferentes para emprender el resto de nuestras vidas, espero que algún día me entienda, me perdone, comprenda que cuando las cosas no se pueden enderezar y se van torciendo cada vez más arrastrándonos a una marea peligrosa que no hace sino dificultar la travesía y ahogarnos por el camino, golpeándonos hasta dejarnos sin sentido del trágico choque frontal a los que nos vemos sometidos en el transcurrir de su curso, lo mejor es detenerla, frenar en seco y forzar el emprendimiento de sendas distintas que hay que, de repente inventar para enfilar cada uno en direcciones opuestas, muy a nuestro pesar. Porque este pesar sí que pesa y desconozco si estoy preparada para ello porque esto no da visos de ir nada bien.
El sentimiento de culpabilidad viene a visitarme para recordarme el dolor que he infringido y al que he sometido, desde hace muy poquito al que sólo quería hacer feliz, cuidar, amar y proteger, no me ha podido salir peor. No me siento orgullosa de mí misma, no me gusta hacer daño a nadie y menos aún a él… a él sí que no, no se lo merece y yo no sé si me lo perdonaré algún día. Su autoestima se derrumbará y yo con ella, es mucha la responsabilidad que se le ortorga a quien toma decisiones y a veces no es fácil hacer lo que una cree que debe hacer por el bien común.
Lo correcto está reñido en este caso con lo que deseas y la razón impera sobre el corazón, proclamándose vencedora, pero con la diferencia de que en esta victoria no hay trofeos ni se celebran los triunfos por dejar ir a quien en realidad sólo deseas que nunca se retire de tu lado, a quien no quieres que nunca te falte en tu vida, a quien quieres más que a ti misma y crees que debes retirarte para verle crecer y ser feliz, ya que tú no se lo haces, a quien se lleva un parte de ti que ya nunca volverá, porque, desde entonces, ninguno será el mismo, con quien todo debería ir bien, fluir y sentir la magia y no sé por qué puñetas no lo he conseguido, no sé por qué el plan trazado para estar juntos se ha tornado en soledad, amargura y dolor, no sé por qué te busco y no te encuentro, no sé por qué no entiendo nada y este no era el final apoteósico previsto, no sé por qué no somos felices ni comemos perdices. Porque por no saber ya no sé nada…
Siempre habrá para ti un lugar en mi corazón.
By Wendy G. M.