¿Quién nos iba a decir que íbamos a sufrir un pandemia de tal magnitud?, ¿o quizás siempre lo hemos pensado, hasta visionado en diversas películas, pero nunca quisimos aceptar que pudiera ser tan real como la vida misma que ésta arrebata y tampoco hicimos nada para evitarlo?.
¿Cuántas veces nos ha pasado ésto en la vida? tener algo tan cerca que no somos capaces de divisar porque nos hace daño, demasiado dolor al que no nos queremos someter, porque siempre es más fácil mirar para otro lado, porque esforzarse y buscar los mecanismos para evitarlo, también cuesta, entonces, permanecer impasibles nos parece la solución más cómoda, no la mejor, pero sí la que nos cuesta menos, la que no nos hace reaccionar ni tener que mover un dedo para evitarlo. Entonces ocurre que nos estalla la bomba en nuestras manos y vienen los lamentos, los llantos y los arrepentimientos y es que no hay peor ciego que el que no quiere ver y así nos va…
El coronavirus nos obligó a aislarnos del mundo, total; para el desprecio y maltrato al que lo estábamos sometiendo… ahora le toca a él darnos una lección y castigarnos por malos y con razón ¿acaso éramos tan ilusos como para pensar que se puede abusar tanto de la naturaleza, del medio ambiente, en definitiva, de nuestro propio planeta llamado tierra, tan divino, espectacular y maravilloso que nos han regalado y salir indemnes? panda de desagradecidos que somos… nos lo tenemos más que merecido. Y esto no es motivo de regocijo, ni mucho menos, especialmente con las de millones de muertes injustas cuyas vidas se ha llevado por delante esta maldita enfermedad, sólo que nos han dado la lección que merecíamos, en cuanto a cuidar a todo lo que nos rodea, sean paisajes o personas, en cuanto a dejar de contaminar y de envenenarnos con nuestra propia agonía y a hacernos reflexionar sobre todo lo que estábamos haciendo mal, que no era poco. Un soplo de aire fresco, una tregua, un descanso, un período de reflexión para todos, era necesario, ¿y ahora qué? ahora que nos han arrebatado esa libertad (en ocasiones demasiada para llevar a cabo ciertas acciones no bien intencionadas precisamente), ahora que no disponemos de ese consumismo desenfrenado, de todos esos artificios de los que alardear y que pensábamos que necesitábamos y nos hacía sentir mejores frente a los demás (que es para lo único que servían y que realmente queríamos), ahora que estamos obligados, por fin, a mirarnos a las caras, a escuchar a nuestros corazones y a apreciar el silencio, ahora que disponemos de todo el tiempo del mundo para lo que de verdad importa, ahora que no tenemos excusas para no querer hablar con los más allegados, hasta con nosotros mismos, ahora que ya no hay prisas ni vamos con la lengua fuera porque la vida y hasta nosotros mismos nos exigíamos y nos exprimíamos hasta la extenuación, ahora que no tenemos más que a nuestras propias personas, ¿qué nos pasa?, ¿de qué nos quejamos?. Pues nos quejamos porque somos unos desagradecidos, la vida nos enseña a parar, a mirarnos a los ojos, a disfrutar de y con nuestras familias y encima tenemos el descaro y la poca vergüenza de quejarnos, que salimos al balcón desesperados porque no podemos más y nos falta arrojarnos porque no soportamos el confinamiento, ¿en serio? desde luego que, como personas, dejamos mucho que desear, pues lo realmente importante, lo que de verdad importa no está en la calle, está en las personas que nos rodean y para las que nunca disponemos de tiempo ni para mirarlas a la cara porque siempre tenemos prisa, vamos con el acelerador pisado y nos parece que no haya forma de parar, ni aunque tengamos el freno justo al lado y a nuestro total alcance, porque constantemente hay algo más importante que hacer o porque hasta porque el móvil requiere más atención e interés que aquellas valiosos seres con los que convivimos cada día, pero no vemos y no los vemos porque no queremos, porque supone un esfuerzo y sólo ansiamos que nos quieran pero sin dar nada a cambio, exigimos pero no damos.
Nuestro auténtico y preciado tesoro está dentro de cada uno de nosotros y hasta que no sepamos apreciarlo, valorarlo, alegrarnos y agradecerlo, la vida seguirá dándonos lecciones.
Tal vez ya sea hora de ser conscientes de que para ser feliz, se necesita muy poco, sólo tenemos que girar nuestras cabezas para saber mirar con el corazón en la dirección correcta hacia nuestros hogares, hacia las personas que allí habitan con nosotros y, sobre todo, hacia nuestro interior, en lugar de seguir mirando siempre haciendo afuera buscando un no sé que parece que nunca llega, que jamás nos hace felices, que nos incita siempre a querer y a buscar más, pero que, ni en el más remoto de los mundos, saciará nuestra sed.
Una crisis es algo que sabe mal desperdiciar
Paul Romer
Para reflexionar:
– Me gustaría saber qué lecciones consideráis que debemos aprender, a raíz del coronavirus.
– Quisiera saber qué habéis descubierto o redescubierto con motivo de tener que estar confinados, así como conocer de qué manera lo estáis experimentando, cómo os estáis sintiendo.
Feliz semana! 😉
By Wendy G. M.
Hola Wendy!
Pues respecto a las dos cuestiones que preguntas al final quería dar mi visión.
La primera considero que debemos de aprender a mirar de nosotros hacia fuera, a los demás. Preocuparnos por si nuestros actos influyen o pueden influir de una forma negativa en quien nos rodea directa o indirectamente. Si todos fuésemos así no saldríamos a la calle con la sospecha de poder tener el virus o no saldríamos sin mascarilla o tantos y tantos actos irresponsables que se han visto. Porque esto no va de no coger el virus, sino de no propagarlo. A ver si para la próxima, porque van a llegar más, hemos aprendido y ponemos por delante el interés general del particular.
La segunda cuestión pues te digo, no he descubierto gran cosa. Todo el tiempo lo he pasado con mis padres y he confirmado que la familia es lo más importante. No se me ha hecho pesado el confinamiento y me he adaptado bastante bien a estar en casa. Está claro que apetecía salir y relacionarse pero tenía claro que lo mejor que podía hacer era estar en casa. Con la situación que habrán vivido los afectados directa o indirectamente por el virus lo mío han sido unas vacaciones en casa.
Espero que haya gente que haya cambiado su forma de pensar en los demás y en la naturaleza. Sinceramente, tengo muy pocas esperanzas que sea así.
Hola Jesús:
Le verdad es que transcribo tus palabras, deberíamos dejar de mirar a nuestros ombligos, pero esto es una realidad que fue, es y será siempre así y dudo mucho que cambie y por desgracia para todos, no sé qué tiene que suceder para que seamos conscientes de que las consecuencias de cada uno de nuestros actos relacionadas con esta materia, en este caso, aunque también en otras, nos afecta a todos, debemos ser responsables y consecuentes, que no es más que acatar las normas y llevarlo con dignidad y con agradecimiento, especialmente los afortunados que no nos hemos visto afectados directa ni indirectamente por esta pandemia.
Con respecto a tu estilo de afrontamiento, me alegro sobremanera, que lo hayas gestionado de una forma tan calmada y positiva, valorando a la familia, que es lo más importante que tenemos en la vida. Tu eres de las personas de las que gusta me gusta rodearme, que son aquellas que saben valorar todo lo que tienen, que no se quejan sin motivo y que valoran, por encima de todo, a la familia.
Un abrazo y a seguir así con esa buena actitud