Nos aterra los cambios, salir de eso, tan de moda últimamente, denominado zona de confort, desde muy pequeños y cercanos al lecho de muerte, la rutina impera en nuestras vidas y… procura no desviarte mucho de ella, pues nos altera, desestabiliza, provocando desconocer a qué atenernos y hacer sentir el caos y la inseguridad, el desorden y el descontrol en nuestras vidas. Así de complicado o simple, según se mire, es el ser humano: básico, rutinario, metódico y mecánico, o dificultoso a la hora de no encauzar su vida o perseguir aquello con lo que sueña cada noche, salvo unos pocos arriesgados a los que, algunos llaman «locos, inconscientes o suicidas». Esto me llama sobremanera la atención, este criticar al que tiene valor para enfrentarse a sus propios miedos para alcanzar lo que desea, cuando aquellos se hallan inmersos en situaciones de las que creen no poder salir (en el fondo no quieren), por muy infelices que les haga, cuando en realidad, lo que le ocurre a esta gente es que envidia, a más no poder, a estos valientes, por tener el coraje de llevar a cabo lo que ellos nunca serán capaces de emprender, envidia pura y cochina.
La mayoría de las veces nos quejamos de nuestra situación, sin tan siquiera molestarnos en analizar en profundidad, de desgranar por qué no soy feliz, qué me pasa, qué necesito o qué me sobra, qué me gustaría cambiar o añadir a nuestras vidas, seguidamente especificar qué pasos necesito dar para alcanzar estos objetivos y ponernos manos a la obra para alcanzar tal fin.
El miedo nos paraliza hasta límites que creemos infranqueables e imposibles de traspasar. ¡Cuán equivocados estamos! No me puedo creer, porque no es cierto, que algo que uno desea con todas sus fuerzas sea imposible de conseguir sin tan siquiera haberlo intentado, una de dos: o no están tan mal como predican o no se desea tanto. Conclusión: uno se queja por quejarse.
Yo puedo entender y comprendo que, en ocasiones, requiere de un sobresfuerzo brutal y la incertidumbre, el miedo, la ansiedad y la preocupación acechan durante el proceso: para hacerte dudar, para hacerte replantear si realmente el esfuerzo invertido y ese malestar, compensan, para hacerte tambalear los cimientos sobre los que construiste ese proyecto, es duro, muy duro, durísimo, si me apuras. También creo que la cantidad de esfuerzo invertido es directamente proporcional a la recompensa a obtener, lo cual, no es nada desdeñable, el que algo quiere, algo le cuesta, como dicen por ahí y tiene hasta su lógica, mientras más valor tenga a lo que aspiro, más deseable se hace el querer obtenerlo, provocando una mayor sobrevaloración del objetivo que se persigue. Si no, fijaos en los que «aparentemente lo tienen todo» necesitan de una dosis mayor de algo ya que roza la obsesión o precisan de estímulos muchos más potentes para superar el valor de todo lo que ya tienen y esto sí que es peligroso, pues te hace infravalorar todo lo que tienes, desarrollar gustos extraños, pues la realidad te aburre y experimentar alternativas poco saludables, rozando, en ocasiones, la patología. Mucho cuidado.
Con tener claro el objetivo es suficiente, sobre todo, si no sabes cómo, cuándo, ni de qué forma, lo importante es ir dando pasos y las soluciones irán apareciendo antes de lo que temías. El proceso debe saborearse, disfrutarse, nunca detenerse y visualizar la recompensa y que nada te frene, tus fervientes ganas de conseguirla deben ser superiores a cualquier miedo, duda o contratiempo.
Que nada ni nadie te detenga. Porque querer, es poder y todo lo demás: mediocre inmovilismo.
Frase semanal:
Recuerda tus sueños y lucha por ellos. Debes saber qué quieres de la vida. Solo hay una cosa que hace tu sueño imposible: el miedo al fracaso.
Paulo Coelho
Feliz semana!! 😉
By Wendy G. M.