Ya no quiero

Es devastadora la sensación de soledad, vacío, desgarro, dolor, rabia y decepción cuando la persona con la que te has comprometido, te trata mal, te hace sufrir, te somete y te humilla, cuando hace caso omiso al expresarle y exponerle qué te duele, cómo te sientes o en los momentos en donde sabe, pero ignora, la parte de ti a la que estás renunciando por complacerlo a él. Es tan egoísta, cruel, aprovechado, irrespetuoso e inhumano, que hiere hasta la sensibilidad del ser más gélido y frío sobre la faz de la tierra, porque no me puedo creer que al otro le dé igual, que al otro le guste hacerte sufrir, que al otro le guste imponerse, doblegando tu voluntad y presionándote para que cedas, porque de lo contrario carga sobre tus frágiles hombros el peso del chantaje emocional con el que te somete a un pulso en el que nunca te proclamarás vencedora porque, en el fondo de tu corazón, no sabes ser mala, no te gusta disgustar y te ves forzada a complacer antes que a rebatir porque sabes de sobra que nada se tendrá en cuenta mientras se trate de ofrecer un punto de vista contrario a sus deseos. Es ese «conmigo o contra mí» no se aceptan términos medios, no existen las negociaciones, el diálogo tiene que ser de besugos o en plan «Sí, bwana» porque para inteligentes y manipuladores ya está él.

Pena de mí por no haber tenido antes el valor de haber sido capaz de alzar antes la voz, porque me quedé ronca de gritar en silencio, de llorar a escondidas y gemir de dolor hacia dentro, porque una parte de mí fue muriendo poco a poco cuando la crítica acechaba sobre mi persona, juzgando y derribando lo que consideraba que no alcanzaba la altura que él deseaba, sin importarle que me estaba matando en vida, sin tan siquiera plantearse ni interesarse por quién había detrás de esa fachada cuyo nivel no podía descender. La exigencia llegó a límites insospechados y fue in crescendo, inundándome y abarcándome cada vez más, ahogando lo que un día fuí y ya dejé de ser, para siempre. Y me perdí tanto que ya no era capaz de reconocer: dónde terminaba mi ser y comenzaba el del otro, si el problema era yo o del otro, dónde fueron quedando esparcidos los retales de mi esencia que tuve que arrojar al vacío para no volver a recuperarlos jamás por el camino, dónde, en qué momento, me quedé sin fuerzas para luchar por defenderme, para expresar desacuerdo o para quererme y respetarme a mi misma, dónde fuí tan imbécil como para enamorarme y comprometer mi vida ante la crueldad de una mísera persona. La respuesta más dolorosa ante todas estas preguntas está en mí, siempre lo estuvo y no lo supe ver, porque el problema siempre se halló en mi interior, no en el otro, la culpa fue mía por no haber sabido parar esto antes, por haber exigido respeto, amor y comprensión cuando era yo la que no me lo tenía. Nunca busques fuera lo que a ti te falte, pues entonces estarás promoviendo el dar con este tipo de personas de esta calaña, que ansían encontrar a gente que no se quiera ni respete lo suficiente como para poder aprovecharse, exprimirla al máximo y sacarle todo tu jugo. ¡Cuidado que no tiene piedad alguna!. Nunca bajes tu nivel por nadie, no mereces menos.

Feliz semana!! 😉

By Wendy G. M.

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